Happy People Dancing on Planet Earth.

Gracias a la lectura de un blog y de Koldo, os cuelgo este video. Lo he puesto en casa y todos hemos acabado bailando, dando brincos y volteretas…provoca alegría y divertimento asegurado.
Os dejo el link: Happy People Dancing
Susurros.

Guillermo me tenía hasta los cojones. Ese tipo regordete chiflado me la iba a liar parda y así fue. “Bueno, no te preocupes, ya pasará” me decía mi mujer.
Guillermo era educadísimo cuando gesticulaba pero en el ten con ten era desatinado mantener una conversación medianamente correcta. La distancia física que separa su barriga y su flojo tono de voz, me abocaba a perder información por el camino. Intentaba agudizar el oído pero con la carraspera insistente de Guillermo también hacía muy difícil cualquier autoexigencia auditiva. “..el próximo lunes…en casa de Yolanda…sss…morir en la bañera…”, caray, que habrá dicho. Le pedía, por favor, me repitiera,”…pasa a Yolanda…ssss…bañera”, nada. No me atrevía más, me creaba ansiedad. Porqué cojones no hablaba más alto.
En la cafetería cuando nos reuníamos el grupete de la oficina, nos inclinábamos a la mesa a captar esas longitudes de onda inverosímiles que rebotaban en el mármol. Nos enteramos días después de la muerte de su padre tras una compilación de conversaciones y por teléfono, era igual, parecía que estaba lejos, muy lejos.
Un día llamó mi mujer a la oficina y Guillermo que andaba por allí, cogió el teléfono. Cuando regresé, me dio el mensaje. No me enteré que había llamado mi mujer, que se había puesto enferma y que, por favor, recogiera yo a los niños del colegio. Cómo lo iba a saber si no le oía y no sé leer los labios. Todo lo que hice fue sonreírle complacientemente mientras emitía silabas imperceptibles.
La chica del ascensor.

Por motivos ajenos, parte del personal de mi trabajo nos hemos tenido que mudar. No sé lo que tardaremos en volver al Oasis de antaño. Atrás dejo el esplendor de lo que era un marco incomparable, casi en la mismísima naturaleza, y se empieza a cocer otro caldo con más coches y polución. Las nuevas oficinas están en la zona de Nuevos Ministerios y ahora, utilizo un ascensor para acceder allí. La mañana del jueves pasado entro conmigo una señorita en dicho elevador, rondaba mi edad y, a mi entender, era bastante atractiva. Presionó el botón de la tercera planta y en una inconcebible decisión yo no apreté el botón que correspondía al 5º, que es dónde están nuestras nuevas oficinas. En el trayecto definido me desconecté de la música de The Who que iba escuchando y ella se organizó su larga melena. En ese momento llegamos a la planta tercera. Ninguno salimos, estuvimos un instante mirándonos y probé, ya que ella no iniciaba la maniobra, a tocar en el cuarto, por error del subconsciente. Rápidamente llegamos por supuesto, yo no tenía ningún motivo para descender allí, de modo que espere a alguna iniciativa por parte de la chica. En esa ausencia de movimientos y de pocas palabras, no había elementos que entorpeciesen ninguna opción deseable pero no ocurrió nada. El hecho de estar emparejado me hace renunciar a la mitad de la población y el consiguiente paso fue teclear el botón del 5º. Cuando la prepuerta de la caja se abrió, mi tendencia fue salir primero empujando la segunda puerta de afuera con la mano pero esta señorita, de manera explicita, me hizo saber que allí se bajaba también. Nos hallábamos en el descansillo y los efectos de este nuevo distanciamiento nos daban sensaciones de claudicación de aquella tentación estúpida. Entramos en la misma oficina, era una compañera de Servicios Centrales que no conocía. Me dirigí a mi mesa con esos dardos envenenados clavados en el corazón.
Ese señor de ahí.

Esta fecha y ese partido de fútbol me ayudaron a encontrar el sentido a la vida, el brutal sentido que tiene cuando lo que más quieres casi se te va. Ocurrió durante El Mundial de Fútbol de Estados Unidos, el 19 de junio de 1994 y se estaba jugando en ese momento, el Bélgica-Marruecos. Mi padre sobrevivió y en esa precisión cínica que te dan las desgracias, recapacité.
Hoy hemos comido juntos en Sigüenza y mi padre, ya se adentra en sus misterios. Lleva años abocado a fraudulentos silencios derivado de las secuelas de su enfermedad, se emociona con facilidad con cualquier gesto de buena intención pero es más producto de su extrema dependencia y su existencia, se halla alejada de la lucidez que en otros tiempos mostraba con el cálculo matemático o con la música.
Me ha trasmitido cosas y me hace pensar. En la memoria tengo el pasado con él, los buenos ratos que pasamos juntos cuando era niño. Ahora, mientras sonríe... me lo paso pipa.
¿Qué pensarán de nosotros la Humanidad del siglo XXII?

Acabo de ver en TV, y decir que cada vez la veo menos, un programilla de esos que se llaman del corazón. Justo antes del Telediario de las tres de TVE. Me ha parecido raro observar a Elsa Pataki en una sesión fotográfica luciendo el palmito, frase por otra parte rara, rara, rara. El reportaje se refería a una sesión fotográfica de un famoso fotógrafo que disparaba sin parar su cámara digital con unas gafas de sol puestas a “una de las españolas más deseadas” y su próxima intervención de la inexorable en una película de Bigas Luna. Las poses eran las habituales en estos repertorios de marcado carácter sexista, mostrando sus encantos y demás “universos sensitivos”… todo muy seductor. A continuación, otro reportaje, este de un desfile de mujeres muy guapas en parecidas circunstancias en una fiesta nocturna y con preguntas idiotas de por medio. Para rematar, un anuncio de coches con mujer objeto sublime. ¿Qué pensarán de nosotros la Humanidad del siglo XXII cuando vean estos enfoques de mujeres tontas e infantiles? ¡Qué primitivos éramos! La liberación de la mujer en esas atolondradas chicas es que se creen fuera del alcance de las vidas rutinarias, aceptando convertirse en meros objetos sexuales. Espero que el futuro sea precisamente otro, más normal. Una sociedad sin mediatizar por estupideces y sin envilecer a la mujer.
Historias pequeñas.

Le escucho cómo habla, colocando a golpes un taco de madera. Come algo menos de lo que le dicta su estomago y conversa con cierta extravagancia. Cómo rebobina en el pasado... cada uno lo capta como encontrando sus gustos y sus utopías. La composición de la vida… tan diferente, con aquellas manos desolladas por no querer utilizar el atornillador eléctrico, me parece no entenderle.
Europa, Europa.

Bueno. Ya pasaron las Elecciones Europeas 2009. Mi amigo Peter dice que “los que pueden dar la vuelta a la tortilla se nos quedan en casa y que hay que seguir dando la brasa”. Los resultados están ahí, una Europa dominada sin paliativos por la Derecha y una Izquierda caída en el desanimo más áspero. Hace poco, la llegada de Obama causaba profundo impacto entre los progresistas europeos con aires de cambio, sin embargo Europa apunta hacía otro punto, el Conservador.
Parece que el pasado fue mejor… los análisis personales que escucho, que leo, están centrados en la influencia perniciosa que el Poder tiene en los individuos que lo ejercen y en la naturaleza humana en general, siendo la conclusión final el desencanto habitual por la clase política y por ende, de la especie humana.
Así nos enterramos, se incrusta esa lógica predecible en nosotros. No vamos a votar o votamos con el miedo. Estamos más centrados en criticar pasivamente que en intentar cambiar las cosas. Es mejor que todo siga igual. La vida está llena de zancadillas y de putadas si, pero también de puntos de máxima intensidad y de momentos extraordinarios. Y eso exige un poco de esfuerzo.
Hondas reflexiones lleva la Humanidad haciéndose desde el principio de los tiempos y al fin descubrimos, entre el resentimiento y el dejar hacer, que no hay solución… y qué encima, echamos la culpa a los políticos. Que fracaso de País y de Europa.
La poesía es un arma cargada de futuro.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quién no toma partido
partido hasta mancharse.
(G.C.)
La Feria del Libro de Madrid 2009.

Todas las mañanas cruzo el parque del Retiro. Ahora están las casetas de la Feria del Libro de Madrid. Están cerradas, desiertas de gente y del repertorio de sandeces de algunos supuestos escritores y de sus supuestas intenciones solemnes. En otro orden de cosas, ahí están los seguratas de ¿Prosegur? y unos vigilantes y vigilantas, regordetes y regordetas, de amarillo que expresan profunda simpatía en ese noble destino que es custodiar los lotes de libros que los proveedores madrugadores depositan al pie de los mostradores.
Ahora hay muchos vehículos rondando y me aplico en tener cuidado en no chocar contra uno de ellos. Se nota que va llegando el verano, voy leyendo los carteles rojos y blancos de las casetas: “Fábula”, “El Corte Inglés”, “Antonio Machado”, “Visor poesía”…qué dificultad, que destino de trabajos, de libros, de sueños… Zafón anda por ahí firmando, Icíar Bollaín por acullá… luego hay otros… Victoriano Viñuelas, Javier Yanes, JuanMa Castaño, nombres tal vez ejemplos de maestros o rufianes pero que inconscientemente se diluyen en mi mente.

Todos los días reparo en unas fotografías de gran formato colocadas en unos soportes en el paseo. Voy con mi bici y en la proximidad descrita a esas vallas es como pasar hojas de una revista deprisa, algunos inválidos viejecillos como capones se plantean tareas más minuciosas y los tengo que esquivar. Cuando termino de recorrer la Feria, como cada mañana, esa larga serpiente de opiniones y testimonios, respiro, salgo de nuevo al pequeño mundo.
La vuelta, es al revés.
Huellas en la niebla.

Cuando dejo en ese camino embarrado mis huellas. Precedo a mi muerte. La duración del tiempo es tan inquietante y sutil… Los instantes de las primaveras se exilian para siempre en este inconcebible paraíso.
Hablo con mi madre últimamente como en esos múltiples trozos que un día deje de cultivar, entre lágrimas que recorren mi rostro impasible y mis más altas confesiones de amor por ella. Un puñado de recuerdos se agolpan entre las más de sesenta pulsaciones por minuto. Como parte cierta, en su progresivo deterioro, trato de escuchar con más profundidad, de hacerla llegar mis simpatías y mi extensión infinita. Por causa común a toda la esfera humana converso como tratando de recuperar el tiempo perdido, de recrear aquellos momentos tan valiosos en los años perdidos. Su sueño era que su hijo la queriera. Eso si ha ocurrido. El resto son palabras y abrazos, besos irresueltos como cuando intentaba protegerme del inmenso peligro.
Incorporo a mi mente sus manos desconocidas con descripciones de la vida, de sus conceptos magmáticos. Recupero el olor del pasado que lleva consigo. Que extensa es. Su consagrada vida a su marido e hijos no la han amargado. Silenciosa, casi nada ha esperado de nosotros, solo lo esencial.
Escribo con la esperanza de unirme a ella en la oscuridad cuando llegue porque será así… y encontraré sus huellas en la niebla.
El marido de la Gemma Nierga.

Entre las tareas hogareñas que realizo casi a diario me redimensiono cuando escucho la radio. Me permite enriquecerme y no aburrirme. Lo hago durante el proceso íntimo que supone estar en la cocina haciendo la cena de Logan y Thor o fregando los platos de la comida con Waity. En ese santuario de ollas, sartenes y perolas, escucho a Gemma Nierga que mantiene una indispensable sonrisa cada tarde en “La Ventana” de la Cadena Ser.
Permite su altiva y generosa presencia, no solo el placer de comunicar ideas a una audiencia amable por definición, sino que crea fehacientes sensaciones entre la concurrencia masculina y femenina en esas intervenciones radiofónicas aparentemente etéreas. Su voz inspira conversión, cada posible palabra nos llega desde la geometría precisa de unos labios intensos y al que admiro verdaderamente es a su desconocido marido que tiene el prodigio de vivir esa gloria inaccesible a diario.
En todo caso, sinceras felicidades a los dos.
La Conversación (1974) de Francis Ford Coppola.

«Cuando veo a uno de esos pobres viejos, siempre pienso lo mismo: pienso que una vez fue un niño pequeño, que tendría un padre y una madre que le querrían mucho. Y ahora, mírale derrumbado en un banco callejero. ¿Dónde está ahora su padre, su madre, su familia?» Este comentario de un personaje femenino de la película de Francis Ford Coppola me intrigó siempre. Esta reflexión simple e inocente me dejó en un estado de obnubilación. “La conversación” es un thriller de suspense donde el espía profesional Gene Hackman recibe el encargo por parte de un magnate de investigar a su joven esposa. Las escuchas sobre las vidas ajenas cobran la dimensión de traumas personales, de experiencias miserables. Se suceden diversas estrategias en ese territorio del espionaje secreto y se van desgranando las historias desde diversos puntos de vista. Lo particular está en peligro y los enfoques sobre las cosas se esconden y afloran como en todas las guerras humanas. Esta conversación enarbolada al principio de este post me provocó desazón y una suscitada y permanente controversia. La observadora imparcial, desde la lejanía de una posición privilegiada, se percataba de la existencia de los “Homelessness”. Me conmovió sinceramente. Pienso en esa imagen sutil de un padre y una madre que quieren mucho a su hijo. En definitiva, en las mismas cosas que tu.
Acaba de morir Mario Benedetti.

Aquella tarde crucé Madrid protagonizado por una mujer. George no me ubicaba. Quedábamos a escondidas. Cogí el 28 y las ilusiones se reflejaban en los cristales oscuros. Mare había llegado de Oriente esa primavera como una flor de cerezo. Nos conocimos gracias a George y vislumbramos las coordenadas eternas del amor a través de la imagen exclusivamente. Cuando nos pusimos a conversar un arco iris se desplegó. Amaba a Benedetti. Fuimos amantes.
Habíamos quedado esa tarde y no sé porqué, me bajé unas paradas de autobús antes. Me apetecía pasear y estaba la Feria del libro en el Parque del Retiro. Recorrí el paseo principal dónde las casetas se hallaban asediadas por las masas de lectores. Algunos autores firmaban ejemplares y se producían extrañas conexiones. De repente, vi a Mario Benedetti. Menudo, encañonado por los diálogos de verdaderos admiradores y enfrentado placidamente a los diversos procesos que allí transcurrían. Con su trabajo, con su gente, con sus puestas de sol... allí estaba.
En un esfuerzo mínimo me permití agarrar un libro de sus poemas y sosteniéndolo como pude, se lo acerque. “A Mare, por favor. Quiero se lo dedique a una persona sobre la que usted ejerce un raro poder abstracto”. Mario alcanzó el libro con la compresión de un arquitecto ante un arco de medio punto. Analizando rápido la petición y con la sensibilidad alargada a su puño, escribió algo sencillo. “Espero que su amiga comprenda”.
Con ese tesoro bajo el brazo marché hacía el lugar de la cita, la iglesia de Los Jerónimos, muy cerca del Museo del Prado. Cuando Mare vio el libro sonrió, con la deliberada sonrisa de una musa. No tenía ni idea de lo que iba a ocurrir.
Nos encontraremos otra vez.
Nos encontraremos otra vez,
no se donde,
no se cuando,
pero estoy seguro
de que nos encontraremos otra vez
en algún día soleado
Sigue sonriendo
como siempre solías hacer
hasta que los cielos azules
hagan huir lejos a las negras nubes.
Father and Son. Cat Stevens.
Padre:
No es tiempo de hacer un cambio,
Relájate, tranquilízate.
Todavía eres joven, ese es tu defecto.
Hay tanto que tienes que saber. Encuentra una chica,
sienta cabeza Si quieres puedes casarte.
Mírame, soy viejo, pero soy feliz.
Una vez yo fui como tú eres ahora, y sé que no es
fácil estar tranquilo cuando has encontrado
algo que está pasando.
Pero tomate tu tiempo,
piensa mucho, Piensa en todo lo que has obtenido
Por ti estarás aquí mañana,
pero tus sueños probablemente no.
Hijo:
¿Como puedo tratar de explicar,
cuando hago algo y él lo rechaza de nuevo?
Siempre ha sido lo mismo, la misma vieja historia.
Desde el momento que pude hablar, ya estaba mandado a escuchar.
Ahora hay un camino y sé que tengo que irme.
Sé que tengo que irme.
Padre:
No es tiempo de hacer un cambio,
Relájate, tranquilízate.
Todavía eres joven, ese es tu defecto.
Hay tanto que tienes que saber. Encuentra una chica,
sienta cabeza Si quieres puedes casarte
Mírame, soy viejo, pero soy feliz.
Hijo:
Todo el tiempo que llore, guardando todo lo
que sé dentro. Es difícil, pero más
difícil ignorarlo. Si ellos tenían
razón, estoy de acuerdo, pero ellos no me
conocen. Ahora hay un camino y sé que tengo que
irme. Sé que tengo que irme... Sé que tengo que irme.




