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el rayo verde

La vaca.

La vaca.

La vaca que poseemos me dice que los sonidos que escucha en el prado van dirigidos a entretener a las cabras. La cuestión la percibo por el lado más complicado. Me pregunto si la vaca, minoritaria, ante el número variable pero más numeroso de las cabras no estará celosa en mis promovidos paseos por las tierras altas del valle. A veces, cuando me encuentro en los antiguos terrenos ya baldíos en los que mis antepasados remitían todos sus esfuerzos a las actividades agrícolas, oigo el lamento lejano de nuestra vaca en la seguridad de un caso de rebelión vacuna. Conviene estar atento y no dar la espalda a tan descomunal animal. Las cabras les conviene mantenerse al margen y puede que se trate de una simple moda pasajera de la nuestra vaca y acabe esta, olvidando tan costoso estado para la convivencia común.

Esta tarde mientras regresaba mimetizado entre el verde paisaje, medía la distancia que me separaba de nuestra vaca y el nerviosismo creciente en mi persona. El encierro al que le somete mi padre a últimas horas de la tarde la convierte en más antisocial y su establo recuerda más a un penal que a una bucólica morada para vacas montañeras.

Lo que está instaurado en nuestra granja no está al alcance de los aires de grandeza de nuestra vaca y lo que parece un nuevo neoesclavismo animal está legitimado por las enormes dificultades que supone acomodar a todos los animales.

Mi padre todas las mañanas toca la flauta travesera y eso molesta a Berta, la vaca. Parece haber encontrado cualquier excusa para mostrar su malestar. Las cabras son más tolerantes y apenas se quejan sino en los días de lluvia cuando deben permanecer más tiempo encerradas. Aunque el que escribe, las más de las veces, las deja que campen a su aire, sin control ni disciplina.

La vaca no tiene ningún compromiso con el resto, se cree demasiado excepcional. No acaso tenemos que esperar a qué ella decida cuando la debemos ordeñar. Mi padre, que en sus circunstancias personales ya no está para esos menesteres, se refiere a este fenómeno de espera como fase de periodo especial. Cuando Berta da la pertinente orden por medio de un medio mugido todo el proceso se vuelve sistematizado: el taburete, el cubo de aluminio, el masaje de ubres previo y la loción sedante que empleamos los hombres de la casa para después del afeitado. Unos treinta y tres litros de leche doy de dato al intrépido lector.

Las cabras esta noche están tranquilas. Han dado por buena la atractiva visita a los peñascos del Torozo y buena cuenta de los endemismos vegetales de la zona. Posiblemente tendrán que esperar toda una vida para vuelvan a realizar una presente como esta, ya que en la experiencia de siglos está en respetar sosteniblemente la flora local. En estos análisis no depara nuestra vaca y si su olfato, que ha olido los heterogéneos aromas de las plantas de los riscos, mordisqueados por sus distantes vecinas. ¿Alguien se imagina que puede deparar todo esto?

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