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el rayo verde

Las energías ocultas

Las energías ocultas

Las energías ocultas no encajaban en los primeros meses de matrimonio de Patricio. Llegó a un punto donde la cotidianeidad generaba aspereza. La acelerada transformación se había ido produciendo sin darse cuenta. Por un seductor tópico decidió casarse por amor, pero lejos de extender su  privilegiado estado generó en el resto de sus amistades un rechazo al descubrir que no eran necesarias como tiempos atrás. Encerrados los novios, a voluntad propia en su núcleo, el misterio suscitaba inmisericordia. Poco tenían que ver, en adelante, las inexistentes historias de amor que se negaba a reconocer Patricio y ese enigma escondido entre cuatro paredes que eran sus angustias infantiles convertidas en pesadillas inconscientes. Sus experiencias posteriores descubrirían lo más indigno de la naturaleza humana. La miseria representaba el aliento que repentinamente se cruzaba con él en la alcoba cada noche.

Ante la ínfima presencia de Patricio llegaron con la precisión milimétrica del virus los suegros que se iban ajustando a la faja del hogar, luego fueron cobrando los cuñados su predio y la amenaza de la estabilidad fue un olvido perpetuo que acabó convertida en un presente inquietante. La farsa y la ligereza marital se relacionaban a lo largo del amargado desconcierto con la consolidación de un ambiente siniestro, esbozado en la deleznable imagen de su suegra que sin pudor, se desnudaba por toda la casa o cuando en su grandilocuencia carnal producía sonoridades acústicas, como las de un trombón, llenas de remordimiento. Desesperado y deprimido Patricio encontraba territorios inexplorados por la casa y perdía el tiempo observando el vuelo de las moscas o el descascarillado barniz de la tarima de las habitaciones. Sin trabajo y cobrando una miserable prestación participaba de una realidad insignificante. La oscura surrealidad se fue mezclando con el círculo vicioso del narcotráfico de los cuñados que aportaban dinero y parafernalia a la casa que había pertenecido a los padres de Patricio. Todo aquello desencadenó un ambiente de fanfarria y de encendidas disputas familiares.

El sabor rancio de una comida plagada de especies y la falta de higiene desencadenó varias plagas de gastroenteritis con lo que se instalaron en la casa varias asistentas que no eran otras que meretrices camufladas. La familia no merece justificación pero observando el exotismo culinario se descubría el tremendo drama por el que había de pasar Patricio. Al abandono de la monogamia consecuencia de una de las largas noches de lujuria y desenfreno habría que añadir que el alcohol y la cocaína engendrarían dos miembros más producto de las enseñanzas tribales que implícitamente el patriarca de la familia imponía al clan Botella.

Patricio no gozaba, por supuesto, de miramiento alguno entre los Botella pero en una de esas fiestas que eclosionaban los fines de semana, el cuñado más joven le ofreció una puta que le sobraba. Observando al suegro abrazado a alguien que no era su mujer y la conducta del resto de la concurrencia manifestó Patricio un interés por aquella muchacha de facciones ingenuas. Con una muestra de naturalidad familiar insospechada la mujer de Patricio llegó al sórdido dormitorio dónde yacía el adultero, le asestó una puñalada por la espalda a Patricio cuando se disponía a besar el pubis de la chica. El hondo aliento le abrió paso a la otra orilla del río del Hades. A la chiquilla le causó profundo impacto aquellos borbotones de sangre espeluznante pero rápido la agarró por el cuello la homicida. Cuando cayó al suelo Patricio, las dos mujeres se hallaban voluptuosamente besando y acariciando en un juego construido a base de muerte. Un susurro imperceptible salía de la huérfana boca de Patricio: “Ruth”.

 

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