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el rayo verde

la vida de verdad no está en otra parte.

la vida de verdad no está en otra parte.

Por una reforma en mi domicilio he estado recolocando pertenencias, cruzando las fronteras de la memoria. Han aparecido historias del pasado, con todo lo que aún persiste. En esa intimidad llueven los recuerdos, las primeras cartas, el billete de tren a Hamburgo, las fotografías que subsisten el paso de los años. La capa de polvo cubre esta orografía del corazón. La presencia de ausencias subrayan lo melancólico de la situación y a ello le añado imágenes utópicas que van heredando mis pensamientos.
El tiempo transforma todo y mejora aquel pasado. Menciono en voz alta los cambios propuestos en mi vida: mis hijos que me llevan al amor incondicional, las necesidades materiales diluidas cada mañana, mi singular distinción entre los buenos y malos presagios, mi contención entre las suntuosas posibilidades de las geografías humanas y sociales.

Escucho el eco sonoro de mis propios pasos sobre la tarima en la habitación vacia, recién pintada y sin muebles adonde irá el nuevo dormitorio de los pequeños. Contemplo el ensanche de metros que llevamos a cabo, ganado a otros espacios de la casa, durante este receso caprichoso aparecen por la puerta de la casa los pequeños Lom y Thor. Mi casa no ofrece otras posibilidades y procedo a la eliminación de lo que ocupa espacio: folletos, recortes, apuntes, libros inútiles, cosas que no merecen la pena conservar, aparatos inservibles. Bajo tres veces al contenedor de papel, lleno varias bolsas de basura, voy soltando lastre incansablemente desde este perímetro doméstico. Varias cajas llenas de libros, algunos una amenaza latente, esperan su traslado al garaje del pueblo o la exposición a la intemperie en la calle. La mudanza va dando paso a los juguetes, al carrito de paseo, a la pequeña bicicleta, a los biberones que ocupan el lugar de la pérdida de influencia del ocio personal, incluso el ordenador es desterrado, y esto que escribo, a falta de claras ocasiones, entre tiempos muertos cobra su forma en mi trabajo o en el aire. 
Todo el desorden audiovisual de la casa está sustentado con el convencimiento de poseer el mejor de los amores, los que me engullen cada mañana, en las mismas aguas de quienes se convertirán en mis herederos. Ya no pienso en mi mismo, si alguna vez ha sido así, y en cada itinerario conocido y en el más allá, me acompañan risas, besos y abrazos como una lamina de agua infinita. Como ha sido siempre con mis padres y hermanos, como ahora hace la madre de mis hijos conducida entre las tempestades reivindicativas propias de la infancia, en un contraste razonable entre los asaltos impetuosos de Thor y la estrategia emprendedora de Lom.
Nos ponemos en movimiento los cuatro, echo de menos infinitamente a nuestra inolvidable perra negra. Con la disposición inmortal del amor, de lo que se va descubriendo cada día queda toda una vida por reinventar, por dejarnos sorprender bajo el cielo azul. Cada momento verdadero me hace la vida más atrayente, como si estuviera al alcance una Copa de Europa. Realmente, la sensibilidad ha cambiado en sentido supremo con la luminosidad de lo maravilloso. Estoy deseoso de crecer, en el entorno querido, en la estancia intima, en la arrolladora felicidad.
También no olvido, es mejor saberse las canciones que explican lo enrevesado de todo, las melodías que desde el borde del precipicio nos alcanzan por nuestra herencia y por nuestro destino. No me hallo en disposición de alterar la naturaleza pero lo que voy trenzando me conduce por el camino del corazón. Por el mejor camino conocido porque la vida de verdad no está en otra parte.

 

 

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1 comentario

fiorella -

Me encantó esta mirada,la vida es cada día y está acá y ahora.Todo ha sido y eso un ahora.Un Beso
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