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Resumen
- 09/05/2007 03:20 - Lucía
Lucía

Por mucho que tenga taponada mi percepción mediante la interiorización voluntaria y me halle dedicado a lo relacionado a mi estado actual de convivencia (vida de pareja), a uno le llega momentos supeditados a sugerentes irrealidades coyunturales. El pasado fin de semana se vislumbraba un futuro de vida acomodada o lleno de alternativas, me quedaba solo en casa. Tenía dos opciones, hundirme en el desasosiego o no quedarme atrás en perspectivas vitales.
Así que, el viernes sin perder tiempo recibí los mensajes de mis amigos en relación a la cita que les proponía, salir por la noche. Sin saber muy bien lo que pasó, me encontré con varias respuestas negativas que fueron esenciales para hacer desaparecer de mi cabeza la idea: amigo1. “tenemos cena con unos amigos”, amiga2. “he quedado con unos compañeros de trabajo”, amigo3. “ estamos de vacaciones en Valencia", amiga4. “no estoy en casa”.
En resumidas cuentas, un mal comienzo para una solitaria noche.
El caso es que desesperanzado por lo indiscutible y ante las respuestas a mis demandas, el siguiente plan fue salir a dar un paseo solo. Acabé en una sala de cine de la calle Princesa viendo “La isla”, una película sobre clones humanos que hace resaltar el peligro de una sociedad biotecnológica y de cómo resuelve sus pequeñas atrocidades.
Resignado, con el tiempo justo para tomar una cerveza e irme a dormir, me encaminé a un pub irlandés que tengo cerca de casa. Uno se muere de espanto o se afloja el cinturón para poder respirar cuando el pesado camarero de siempre me hace olvidar la mencionada película. Se ve que sigue gustándole la idea de compartir sus experiencias profesionales y me explica por enésima vez su vida, su trabajo, como si fueran horas...también aparece por allí y se agrega al binomio un tipo al que conozco del barrio, de verle pasear con su perro. Es un pesado consumado. Después me fijo en uno de los rincones del local y conducido por su presencia evocadora está la vecina del 5º, una muchacha flamante y de belleza turbadora, está con una amiga. Después de varias miradas furtivas, se me hace irresistible dejar de observarla y me revuelvo hacía la recreación insulsa de mi grupo con el tipo del perro y el insalvable camarero, de modo que olvidé en el rincón oscuro a la figura de la inquietante mujer. En poco más de asentir tres veces la cabeza, me despedí de mis interlocutores y salí animado en mi tesón hacía la soledad de mi casa. Por pasear un poco y por librarme de mi trayectoria de esa noche, aparentemente no volví en línea recta sino que hice como una corriente meandrática hasta llegar al portal.
Para los amantes de las vicisitudes diré que coincidí en el tiempo y en el espacio con la vecina que estaba en el pub, en el escenario donde se producen todas las “batallitas” de la comunidad. En este tipo de coincidencias llamo al ascensor adelantándome a los deseos de la chica. Según empieza la maquinaria del ascensor a chirriar y como quien espera la iniciativa del otro, nos ponemos a mirarnos sin estar concentrados en nada y la presión va al alza, más cuando de golpe y porrazo llega el ascensor y se abre la puerta. La capacidad del habitáculo es para dos personas, se trata de un sitio estrecho, a lo sumo podían caber tres personas apretaditas. Ella pasa dentro. Yo hago lo mismo. En definitiva, Yo vivo en un segundo y el ascensor se pone en marcha, se cierran las puertas y pasamos el trayecto mudos, mirándonos hasta que se para de nuevo. Me despido como quien se le escapa un comentario más o menos desapercibido, se cierra la puerta y cuando estoy en el descansillo de mi piso me encuentro con ella detrás de mí. Según mis cálculos debe andar por el 1.69 y como en un bucle, la vuelvo a saludar influenciado por un nerviosismo ascendente.
-¿estás solo verdad?- me espeta.
Hay cosas necesariamente áridas que no tienen argumentos satisfactorios, pero no haré una reflexión sobre lo que puede resultar un bodrio.
-¿te has dado cuenta en el ascensor? – le contesté respondiendo misteriosamente aunque no se puede decir que fuera un ensayo para sostener una situación sugerente sino más bien se trataba de un residuo de mi nerviosismo.
-¿Puedes invitarme a una cerveza en tu casa?- Esto, era ya un privilegio que nos da la vida, como para uno lo cuente con frecuencia a los amigos. Una mujer nos saca el habla a su paso, nos arroja a la lujuria, no se queda atrás a la hora de tomar una iniciativa, sexualmente liberada...
No puedo comprender como entró en mi casa, fue un momento de gran tensión, de traspaso de la línea prohibida, con ese sabor en la boca determinante para abrir nuevas expectativas. Hasta la música se cruzó en mi camino y facilitaba las cosas para despistar mi nerviosismo.
Todo proyecto posible en ese momento no era acabar con ella en la cama, no tenía una necesidad primaria de sexo. Pensaba en lo que podía ocurrir, en la inercia de la situación. Sin haberlo propuesto podía dejarme caer en una influencia perniciosa. De la manera más refinada posible deje intuir que quería dejar de lado mis impulsos sexuales cuando ella me colocó las manos en su cintura. La atmósfera que se creó respondía a una ecuación infalible: música y baile igual a cama. Pero hay pasiones que ya no se centran exclusivamente en la convencional ecuación así que un memorable baile nos marcamos. Lucía con un vivísimo balanceo de caderas me adentraba cada vez más en las sinuosas curvas del deseo y de la verbosidad inflamada, cuando se acabó la canción me agarró de las manos y me hizo sentar a su lado. Y si toda historia tiene un tono crepuscular aquí empezó la de esta.
-Me he declarado a mi mejor amiga en el bar- me dijo.
Pensé que me había tocado la lotería y por extensión, un ritual concebido como una liberación se apoderó de mí. El impacto de la realidad, del contacto con el mundo me abría la posibilidad de no desafiar a mis identidades. Me fijé en las fotos familiares que estaban por el salón. Quede confundido con mi vida íntima por unos instantes. ¿Hay algo que no funciona? Lucía acabó quedándose a dormir agotada de tanto naufragio.
Al día siguiente había quedado con mi cuñada en casa, no la hice subir porque Lucía todavía dormía en el salón.




